En Atenas, Grecia, mi madre y yo agarramos un tour en inglés para Nauflio y Corinto. En un microbus, 14 personas. Nos sentamos en la última fila. Sin contar un niño, yo era la más joven del grupo compuesto por personas mayores. En el final del tour, pregunté a la guía si había baño allí. No tenía muchas ganas de vaciar la vejiga pero sabía que serían dos horas hasta Atenas y no quería correr el riesgo. La guía dijo que no había baño allí, preguntó si era urgente. Dije que no, pero que sería bueno ir antes de llegar a Atenas.

Volvemos al bus y la guía dice en el micrófono:

– Vamos a volver a Atenas, pero antes vamos a parar en una tienda de cerámica en el camino para la señorita que necesita ir urgentemente al baño.

Mi madre empieza a reír. Le digo que pare:

– Así las personas van a percibir que soy yo.

Entonces ella empieza a reír más aún:

– No hay como no percibir: eres la única señorita aquí.

Llegando a la tienda, la guía dice en el micrófono:

– Vamos a estar aquí por 20 minutos. Vamos señorita, corra al baño!

Me quedo sentada, como si no fuera conmigo, esperando las personas de adelante bajaren primero.

Nadie se mueve.

Silencio.

Un señor irlandés, sentado delante de mí, que hasta entonces no había dicho ni una palabra, se vuelve hacía mí y dice:

– No te preocupes. Podría ocurrir con cualquiera.

Sin otra alternativa, bajo del bus y voy al único baño. Allá de dentro, escucho mi madre preguntando:

– unisex?

Una voz masculina perpleja:

– what (¿qué???)

Solo había un baño y un señor inglés esperando en la fila. Mi madre quería saber si era un baño para ambos los sexos y pregunta al señor. Debido a su acento, el inglés pensó que ella decía:

– Only sex? (¿sólo sexo?)

Pensó que mi madre le hacía una propuesta indecente!

De esta vez fui yo quien empecé a reír, allá de dentro del baño…

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