Siempre he dependido de la bondad de los extraños”

Mi amiga Flávia, que viajó conmigo por dos meses el 2001, me dijo que, durante el viaje,  se acordó varias veces de esta frase de la obra “Un tranvía llamado deseo”, de Tennessee Williams.

Creo que, para conseguir hacer lo que hice, fue fundamental aceptar depender de extraños. Yo llegaba a un lugar desconocido y por veces la única salida era preguntar algo para el/la primer/a persona que pasase y confiar en la respuesta (o verificarla con una segunda persona). Personas que nunca me habían visto antes me ayudaran. Fueron solícitas sin pedir nada en cambio.

Algunas personas paraban lo que estaban haciendo para dar informaciones y pistas (algunas por un buen rato), varias me hospedaran en sus casas (dejando conmigo las llaves), y otras incluso me regalaron cosas (gané boletos para teatro, paseo de barco por el Sena, paseo de barco en Amsterdan, guía turístico de Holanda, entre otros)!

¿Será que somos más solidarios cuando encontramos alguien que no pertenece a nuestro ambiente? ¿Será que me encontraban muy perdida? ¿O les provocaba curiosidad?

No lo sé, pero son estos angelitos que encuentro en el camino (más que las bellezas naturales o monumentos emocionantes) que hacen la caminata valer la pena.

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