Cuando estaba en Cuzco, Perú, hice algunos tours por los alrededores de la ciudad. En uno de ellos, había una chica alta y rubia, que también estaba sola y intercambiamos saludos. Había elegido no tomar el tour convencional para Machu Picchu, en lo cual se sale de Cuzco en tren  por la mañana, se llega a Machu Picchu a las 10 y se vuelve a Cuzco por la tarde. Encontré uno, alternativo, que me interesaba más y era más barato. Tenía que tomar una excursión para un lugar cerca de Cuzco, pero no volver con el grupo. Me quedaría en un pueblito donde tomaría el tren y dormiría en Aguas Calientes, El pueblo en la base de Machu Picchu. El día siguiente podría ir temprano, a las 6 horas de la mañana, para Machu Picchu y apreciar las ruinas antes que llegasen los turistas. Podría quedarme hasta la hora del cierre, porque dormiría en Aguas Calientes de nuevo y solo retornaría a Cuzco el día siguiente.

Cuando tomé el tour la rubia alta estaba allí. Conversamos y, coincidencia, ella también se llamaba Clara. Esta holandesa paseaba por América Latina por seis meses y comenzaría un voluntariado como profesora de inglés en Bolivia. Bajamos en el pueblo junto con otros pocos turistas. Conocimos otra chica allá y nos quedamos platicando, paseando, entrando en la casa de locales hasta la hora de la partida del tren. Cuando miramos nuestros boletos, más coincidencia: nosotras tres estábamos sentadas lado a lado! Habíamos comprado los boletos en días y agencias diferentes! Cuales eran las chances de estar no solo en el mismo vagón, pero en asientos pegados en un tren con más de 300 lugares?

Acabé viajando para dos ciudades más (Arequipa e Nazca) con esta holandesa completamente loca. Compartimos habitaciones, historias y risas. Después, cuando estaba en Barcelona, ella me visitó allá y hasta hoy seguimos en contacto por correo.

Clara y Clara comiendo con las manos en un restaurante de comida inca en Arequipa, Peru
Clara y Clara comiendo con las manos en un restaurante de comida inca en Arequipa, Peru
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