Otra característica que me permitió alcanzar mis objetivos, fue mantener la mente abierta. En todo proceso de adaptación de cultura, se sale bien quien consigue dejar hábitos e ideas preestablecidos. Tuve que buscar el equilibrio entre respectar la cultura en que estaba inserida (yo era quien estaba en su país) y no anular mi propia cultura. Hay hábitos que proporcionan mejor calidad de vida que los nuestros y, por lo tanto, son fáciles de adquirir. Otros son diferentes de una manera negativa desde nuestro punto de vista. Ejemplos de pequeñas cosas que vivencié en España: aprendí a no me molestar cuando sentía que estaba siendo mal tratada por un vendedor o camarero (comparado a nosotros, tratan muy mal a los clientes allí. Una vez fuimos expulsados de un restaurante porque pedimos poca cosa y creyeron que daríamos menos lucro que las personas que esperaban una mesa). Pero nunca me acostumbré al hecho de, cuando estaba caminando en una acera estrecha y alguien detrás de mí tenía prisa y quería adelantarme, la persona no decía nada y se quedaba jadeante detrás de mí, o simplemente me empujaba. Cuando yo quería ultrapasar a alguien, yo pedía permiso, como hago en Brasil…

Además de estas pequeñas cosas, la mente abierta vale para otras, como empleo. Hice trabajos que no haría en Brasil. Uno de los más aburridos en toda mi vida fue ser  informadora del metro de Barcelona. No sé si lo peor era el cansancio físico por estar 8 horas de pié, parada, o aguantar el tedio cuando nadie venía a preguntarme algo. Pero no había otra alternativa. En el exterior, mucha gente no consigue empleo en su área y trabaja en servicios que no requieren especialización. Mientras quizás en nuestro país prefiramos esperar un poco más para conseguir algo mejor, allá afuera tenemos que dejar el orgullo de un lado, porque no podemos correr para debajo de la ala de mamá o papá. Eso es lo lindo de estar fuera de casa: con la mente abierta, nos quedamos más “humildes”.

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