Ok, ahora que ya saben porque me gusta viajar sola, pueden entender un poco mi pánico:

¿Y si no consigo hacer todo que quiero porque el grupo se retrasa?

¿Y si necesito mis momentos sola y el grupo me necesita?

¿Y si yo no conozco nadie nuevo porque estoy en bandada?

Bueno, mis consideraciones hoy son que, como todo en la vida, tiene sus ventajas y desventajas.

Por un lado, el viaje tuvo un ritmo más lento al que estoy acostumbrada. Menos mal que no afectó mucho, porque varias cosas que yo quería ver estaban cerradas por causa del fin del año.

Por otro, estuvo más rápida: el grupo se subdividía en las tareas: mientras algunos iban cambiar dinero, otros hacían la comida, otros compraban algo. Si estuviera sola, tendría que hacer todas estas cosas. Incluso más ligero el viaje se quedó: algunos más cansados se quedaban mirando las mochilas mientras otros iban pedir información.

Las paradas fueron en mayor número: a cada dos horas alguien gritaba “tengo hambre!”

El grupo fue comprensivo cuando yo precisaba de espacio, y no fueron tantos momentos así.

Realmente conocí bien menos personas que normalmente conozco en viajes.

La risa era garantizada. En el primer día yo dije que, para aprovechar al máximo el tiempo, tendríamos que comer andando y solo parar al final del día. Listo: todo se ha vuelto …y andando. Conversar andando, fotografiar andando, leer andando, etc…

El viaje en grupo me hizo confirmar que todo tiene dos lados y que, de algo aparentemente malo puede salir algo interesante, desde que esté abierta para tanto.

Por estar en grupo, dos situaciones especialmente malas a principio se convirtieron en algo bueno, pero esto se queda para le próximo post…

La bandada en NY
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