Para entender mejor este post, es bueno leer este aquí, el último sobre los angelitos que ayudan a hacer mi caminar más ligero:

En mi conturbada ida para estudiar en Barcelona, era un misterio si la visa de estudiante saldría en tiempo. Mi boleto era para el día 19 de enero del 2006, reservado con millas hasta Paris, porque la compañía área no volaba hasta Barcelona. Intenté posponer, pero sólo había vuelo para febrero y las clases empezaban en enero. Como no sabía si la visa estaría lista, no compré el boleto Paris-Barcelona. Como solo supe que había conseguido la visa algunas horas antes de volar no pude mirar como ir de Paris a Barcelona.  Así que llegué al aeropuerto Charles-de-Gaule, en Paris, con dos maletas grandes (fui pasar un año y no viajar de mochila) y sin saber qué hacer. En el camino pedía para que Deus enviase sus angelitos para conducirme. Al salir de la sala de embarque, fui mirando y buscando donde pedir informaciones sobre vuelos baratos para Barcelona. Un señor me vio con cara de perdida y dijo, en portugués:

– Qué buscas?

Conté mi historia. Él dijo que de aquel aeropuerto no salían los vuelos baratos. Que debería ir a otro aeropuerto que estaba lejos o ir en bus hacía Barcelona. Yo había mirado horarios y precios en bus (unas 15 horas de viaje) y sabía que era una opción factible. El señor, brasileño residente en Francia y que trabajaba con turismo, dijo que su sobrino era motorista de taxi y que había ido llevar un grupo al aeropuerto. Iba a volver para el centro de la ciudad y podría dejarme en la estación del bus por un buen precio. Dije que sí, agradecí y pregunté su nombre. Él contestó:

– Acostumbran llamarme ángel…

Nunca vi cuanto costaría un taxi hasta el centro, para no saber si pagué más, pero el precio me pareció justo, por la distancia. Puede no haber sido más barato, pero más caro no fue.

Llegué a la estación y el bus iba a salir en algunas horas. Compré el boleto y me senté para esperar. Tenía hambre, ganas de ir al baño y tenía que llamar a España para decir la hora en que iba a llegar. Pero cómo podría hacer todo esto, subir y bajar escaleras, entrar al baño con dos maletas grandes?

No me acuerdo bien cómo, pero empecé a conversar con 3 hombres, que hablaban castellano. Eran dos uruguayos y un mexicano que habían conocido allí, Christian. El nombre de los uruguayos? Miguelángel! Nombre de ángel, literalmente. Listo! Ellos también se iban a Barcelona. Miraron mis maletas para hacer lo que tenía que hacer y, llegando a Barcelona, aún me ayudaron a llevarlas la estación.

El mexicano Christian se quedó unos días en Barcelona y paseamos juntos. Hasta hoy nos escribimos y él piensa ir a Brasil.

Ustedes pueden estar pensando: esta chica es loca, confiar en quien no conoce. Pero: que otra alternativa tendría que no confiar en la bondad de extraños (parafraseando Tennessee Williams y Clarice Lispector)?

Christian y yo en Barcelona

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